Tarde libre

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Ayer me tomé la tarde libre. Me subí a los zapatos y me puse un poco de color en las mejillas. Papá y las chicas tenían sus planes y por primera vez en todo el verano me regalé tiempo para mi. Casi por “deformación maternoprofesional” tuve la tentación de entrar en tiendas de ropa infantil pero no lo hice. Así que respirando sal me dispuse a pasear como una turista mi nueva ciudad, que es preciosa. Y como la tarde se cerraba y la luna no salía acabé en Pandelino, mi cafetería de referencia en A Coruña. Me senté en uno de sus sofás, tapizados en cuadro rojo vichy y leí la prensa despreocupadamente. El camarero que anota sus pedidos en un ipad y viste salido de la pasarela de Roma, me trajo un clara y un sandwich de brie en pan de avena con mayonesa de wasabi. Riquísimo.
Quería yo no pensar en nada, disfrutar de mi snack en un ambiente de lo más chic, obviar el teléfono y escribir algunas notas en mi libreta. No me fue posible. A mi lado dos señoras, elegantes y en los sesenta, hacían trizas a la nuera de una de ellas: “que si es una histérica con los horarios de los niños, que si no entiende que mi hijo necesita tiempo para él, que si lo está cambiando y no es el mismo “. Me faltó poco para incorporarme a la conversación y ejercer de defensora de la ausente nuera. Pura solidaridad.
Pasear sin prisa, apagar el móvil, regalarme un libro – otro -, entretenerme en la floristería y entrar sola en un probador. Pequeñas cosas que una olvida regalarse. Para cuidar hay que cuidarse. Y en mi paseo descubro la librería Moito Conto y ya es la hora y tengo que volver, como la cenicienta. En su entrada una pizarra y a tiza escrito a mano:
“En un platillo de la balanza coloco mis odios; en el otro mis amores. Y he llegado a la conclusión de que si las cicatrices enseñan; las caricias también”. M. Benedetti

Tengo que volver. Bellas palabras me persiguen o yo me empeño en encontrarlas

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