Gato grumete

Pic by Silvia Salgado

Entonces una mañana te das cuenta. Te has convertido en gato grumete. Justo ahora que puedes dormir, te despiertas al alba. Destinado a recibir todas las caricias que quieran darte y a caminar por la proa, sigiloso y vigilante. Adaptándome a mi nueva condición de felino, yo que antes fui tronco y una espesa y enraizada hiedra me abrazaba, pegadita a mi alma. Ahora mis cuatro patas son mías, otra vez, como antes de ser tronco, entonces las ardillas se enroscaban a mis piernas y se subían a mis brazos.

” Por la mañana, al despertarse, se encontraba con el uno o con la otra enroscados en torno a ella como hiedra, susurrándoles secretos al oído con su aliento caliente con olor a sueño. Si su mujer entraba en una habitación, siempre llevaba a alguien en brazos, o había una personita aferrada a su mano, a su falda, a su manga. Él jamás llegaba a ver su silueta. Se había convertido en una de esas muñecas rusas de largas pestañas y pelo pintado, siempre conteniendo versiones más pequeñas de ella misma”.

El gallo que me despierta cuando no quiero, me lo ha dicho, que pasa siempre en todas las casas. Justo cuando crees que lo tienes controlado, las cosas cambian. Nada más, que ahora soy gato, con gafas, leyendo Instrucciones para una ola de calor, de Maggie O’Farrell (Narrativa Salamandra), donde no hace calor. En mi sur del norte. Las ardillas se han bajado del árbol pero yo las sigo ronroneando, ayudando a mi tripulación a aprender el oficio marinero.

 

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